LA SEGURIDAD, PREOCUPACIÓN DESMEDIDA

Vivimos tiempos difíciles.

Difíciles en el acontecer cotidiano.

Difíciles desde casa, a lo que se agrega el diario convivir en las calles con amigos, familiares, vecinos o conocidos y que se complementa con lo que ocurre en la escuela o en el trabajo.

Y todo lo que se vive en estos contextos, va conformando al futuro ciudadano en el caso de los niños y al tipo de adulto que deambula por las calles, según sea el caso.

Y en un entorno nacional e incluso mundial caracterizado por la inseguridad a la que estamos expuestos todos, hoy ha cobrado una preocupación desmedida el aseguramiento del cuidado de nuestra integridad.

Preocupación que tiene sustento en el deseo de que los nuestros no sean tocados por los tentáculos de la delincuencia y aseguremos para ellos un futuro feliz y sin complicaciones; sea que estén a nuestro lado o se encuentren fuera de casa por razones de estudio o de trabajo.

Es esta, quizás producto del temor natural a la muerte, a perder a algún familiar, a quedarse solo.

Y las formas en que se manifiesta van desde las recomendaciones diarias de los padres al salir los hijos de casa, queriendo con ello que regresen sanos y salvos de su diaria cruzada por este mundo lleno de peligros. Pero incluso hay otras maneras más, que rayan en lo absurdo.

En la calle, además del cuidado que aprendemos a tener desde pequeños, al cruzarla, al encontrarnos con los autos, al pasar por casas con cercas que permiten a los perros asomarse a ver nuestro andar, etc., vamos recordando en todo momento la clara indicación de cuidarnos.

En la escuela, nos enfrentamos al cuidado, hoy exagerado, de maestros y maestras que vigilan que no ocurra ningún incidente qué lamentar, como si con ello se evitara en automático, cualquier posible accidente. La razón aquí es clara: evitar sanciones de las autoridades educativas, al descuidar nuestra obligación de cuidar a los alumnos. Con esto nos hemos convertido en un brazo externo de la familia, en cuidadores de los pequeños, casi en trabajadores de guardería.

Les pedimos que no se empujen, que no corran por los pasillos, que no pasen bajo las escaleras, que no se cuelguen de las porterías, que no se suban a las butacas, que no jueguen dentro y fuera del salón con cosas que puedan lastimarlos, que no toquen esto o aquello, que no se lleven a la boca cualquier tipo de productos, etc. Y a diario, lo que los alumnos escuchan es un NO, no para casi todo.

Y desde nuestra percepción, todo para ellos en la escuela resulta peligroso.

Y así, participamos en lo que la sociedad de hoy hace con ellos, limitar sus posibilidades de vivir su vida de forma natural, de ser nada más pero nada menos que lo que son: niños que tienen el derecho a vivir su infancia y a disfrutarla, impidiéndoles hasta que salten, que jueguen a doña blanca, que se arrastren por el suelo como lo hacíamos nosotros de pequeños, sin que por ello hayamos sufrido graves lesiones o hayamos muerto.

Los hacemos vivir en un constante NO que los forma en una cultura del temor, del cuidado exacerbado a los riesgos, muchos de ellos naturales y no por ello, previsibles o evitables.

Los maestros recomendamos a los alumnos que tengan cuidado al salir a la calle, de vuelta a casa, les pedimos que no se vayan solos, que observen muy bien a quienes encuentran en su recorrido, que griten o corran si consideran que están en riesgo.

Pero en casa sucede lo mismo, los padres siempre machacando las recomendaciones y atiborrando con ejemplos del riesgo que se corre o lo que sucede si no se atiende a sus sugerencias.

Quizás el espacio más relajado al respecto sea el que se vive con los amigos, donde tiene más importancia el disfrute del momento, olvidándose de lo mundano. Aunque desafortunadamente este espacio hoy tampoco escape a la realidad cercana y aún en él se comenten los sucesos, preocupantes para la mayoría de los adultos, relacionados con la inseguridad en contextos cercanos y con ejemplos de distintos tipos de delitos.

Ante esto ¿cuáles son los efectos de dicha preocupación desmedida?

En principio de cuentas reitero lo escrito líneas antes, en relación a que actualmente con estas actitudes, estamos formando a los pequeños desde la casa, la escuela y la sociedad, en una cultura basada en el temor, lo que como lógica consecuencia traerá la desconfianza a todo y a todos.

En ideas y acciones como el no pasar cerca de una lámpara por el riesgo de que les caiga encima, o no acercarse a cualquier objeto porque pudiera lastimarlos o en caso extremo, hasta desconfiar de su propia sombra. Esto tendrá a las personas, más preocupadas por lo que pueda sucederles, que por vivir y disfrutar cada momento en cualquier lugar donde se encuentren.

Y esta será la mayor limitante para vivir plenamente como debería ser.

Cabe mencionar aquí que a nosotros, de pequeños, nos asustaron siempre con que vendrían los gitanos a robarnos (como si nuestras vidas tuvieran real semejanza con los cien años de soledad de Gabriel García Márquez, cuando los gitanos llegaron a Macondo a vender baratijas y a asustar a sus habitantes).

En esos tiempos de nuestras infancias, otros depredadores fueron “los húngaros”, quienes además de leer las manos para adivinar el futuro, se les veía como entes que sembraban el terror y el pánico al sustraer a los pequeños de sus familias.

O la presencia de circos, cuyos trabajadores venían a desaparecer a los más pequeños de las familias.

O la figura de los “robachicos” que ya desde entonces, secuestraban a los más indefensos.

Hoy han cambiado los escenarios pero no los actores, esos son los mismos, aunque con nombres distintos, hoy son los ladrones que con gran facilidad se meten a robar a las casas, los secuestradores que han hecho un gran negocio de este delito, los extorsionadores que cobran por dejar trabajar a la gente en aquello que es propio y que le ha costado toda una vida poder hacer, los narcos que seducen a los niños y jóvenes para ser parte de sus consumidores, distribuidores o “halcones”.

Los ciberacosadores que engañan a sus víctimas y terminan llevándolas a engrosar las filas de la trata de blancas y hasta los payasos que empiezan a ser los personajes del momento, al asustar e incluso, presuntamente matar a quienes por las noches se crucen por su camino.

¿Cuál es el escenario del futuro cercano con ciudadanos formados en la cultura del miedo?

Es seguro que en los próximos años, veremos gente más preocupada por cuidarse que por desarrollarse de manera armónica.

Es cierto que no podemos salir sin ningún cuidado, que en los tres ámbitos mencionados, debemos continuar con las recomendaciones que nos hicieran de pequeños y que hoy nos toca hacer, al reproducirlas con nuestros hijos o con los ajenos (como en el caso de los alumnos en la escuela), insistiendo en que se cuiden en cualquier sitio donde se encuentren, bajo el supuesto de que así se asegura la tranquilidad y el bienestar de las familias y de la sociedad.

 

Aunque para corroborar que muchas veces exageramos, vendría bien, como ejercicio, observar en el ámbito escolar, lo que sucede en un ciclo escolar con alumnos y maestros y reflexionar al final de éste, cuántas cosas sucedieron, que merecieron implementar acciones emergentes para atenderlas y cuántos de nuestros temores tuvieron razón.

Veremos que salvo algunas excepciones sin mayor importancia, estamos exagerando en las medidas que tomamos.

MTRO. ROGELIO HERNANDEZ ORTEGA