SUCESOS INTEMPESTIVOS

PACO

FRANCISCO OFELIO BAUTISTA SANCHEZ
ALUMNO DEL 2° SEMESTRE DE LA LICENCIATURA EN EDUCACION PREESCOLAR Y PRIMARIA PARA EL MEDIO INDÍGENA.
UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL
SEDE REGIONAL: ZACAPOAXTLA PUE.

Detrás de un muro de silencio escuché mucho ruido. Detrás del ruido se amotinaban ruines voces que querían salir. Todo eso que quería salir me pregunto por qué, la respuesta no satisfizo en nada la cuestión. Un peón negro se me acercó y mutilado de esperanza replicó, no busques cosas que no encontrarás, busca lo  que es tangible y real. Proseguí mi camino y de repente una lágrima recorrió mi mejilla. Esa lágrima lavó mi pasado y observé como se despedía de mí.

Si en dado momento algo me ocurre tengo la plena satisfacción de que he realizado cosas que a mi espíritu agradaron. No me arrepiento de las risas hacia mis adentros, no me arrepiento de las lágrimas desérticas. Y si hago apartado al amor, es por respeto a los que lo han acuñado, pero para mi vida ha sido lo que para los de Sodoma fue el código de moral correcto.

Ahora tengo fuerzas para luchar y no me desvanezco ante cualquier tempestad intempestiva, me doblego más fácilmente ante una persona que lucha contra corriente como el salmón y desgraciadamente no ve resultado. Me fumo el opio de la pereza para hacer frente a mis tribulaciones, me froto la necesidad de perennidad para retrasar mi final.

Sigo de pie y no siento mis pies flaquear, mis alas se abren rudas al viento. Mi espíritu se traspone a la materia y grita a voz de mando petrificado por siempre. Mis intenciones se vuelven más precisas al igual que mis prejuicios, mi estado de ánimo es seco como la piel de un furibundo cocodrilo.

No hay negativa ante mi intrépida huida hacia el mundo de lo fructuoso. Abrazo mi espacio de fierezas infinitas, la retahíla de pensamientos me atormenta y me siento feliz. No me inmuto cuando llueve sobre la tormenta, ni me vuelvo inerte ante la predecible tempestad que sobre mi figura de ceniza se aproxima. Me desvanezco en un rato que es efímero. No hay mordida tan rapaz que pueda ser funesta.

Me hinco ante mi realidad, alabo mi altar y sepulto mi torpeza. Si hay un dios que todo lo ve, hay más un humano que todo lo siente. El dios con minúscula no es peor que el dios con mayúscula. Sobrevivo a la religión y en la religión como lodo me envuelvo. No soy de piedra y resisto a la embestida de mi sociedad tan lacerante.

El ave de la fiesta me hace entender que se ubica en mi antípoda y que nunca se le alcanza, solo se le aproxima. Así, como esa ave no es capaz de acercarse a mí sino sólo de aproximarse. No le he dado el tiro de gracia y ya me dio la espalda. No he levantado un muro sobre su vuelo y ya ha intentado escapar. Sus pasos son tan predecibles y su ironía tan derribable. Soñé que se derretía sobre su vuelo por causas externas a su felicidad. Sus alas agrietadas me iluminaron con intenciones pervertidas de melancolía.

Mi taciturnidad me permitió llegar al meollo del asunto. Aquella voz que inusitada se acercaba a distancia con pasos tan premeditados, me envolvieron y causaron en mí la impresión como el  canto de la sirena a los marineros. Pero tan inteligente es mi lucidez como azarosa mi locura, decidí esfumarme entre senderos de conjeturas certeras y válidas. Por momentos pensé que me desvanecía ante esa voz de mando que intentaba machucar mis circunstancias, pero mi avidez de razón y capacidad de abatir cualquier sentimiento emergente salió a flote y desenvainó la espada de la racionalización, arma perfecta y capaz de mutilar las inclemencias de la sensibilidad ante un humano permeado de irresponsabilidad, ante la dirección de su lado débil.